Relatos de pérdida
Makoko, descrita a menudo como una comunidad construida sobre el agua y la memoria, no es solo un lugar de residencia, sino también un sistema socioeconómico sostenido por la pesca, el comercio informal y unos lazos comunitarios muy estrechos. Durante casi cuarenta años ha vivido bajo la sombra constante de la amenaza de desalojo, impulsada por los intereses en pugna entre las políticas de expansión urbana, las autoridades estatales y los actores económicos privados. Sin embargo, la reciente demolición marca un capítulo especialmente doloroso que los residentes describen no solo como una destrucción física de sus viviendas, sino como un ataque a su dignidad, su identidad y su supervivencia.
El lunes 23 de marzo de 2026, Health of Mother Earth Foundation (HOMEF), en colaboración con CEE-HOPE, organizó un diálogo con representantes de Makoko sobre formas de fortalecer la resiliencia frente a los desastres. La reunión se produjo tras una nueva ola de demoliciones que ha trastocado vidas, borrado hogares y agravado la precariedad que los residentes soportan desde hace décadas. El encuentro reunió a un grupo selecto de representantes comunitarios, un baale (jefe tradicional), líderes comunitarios, estudiantes y jóvenes. Se concibió como un espacio de escucha, una oportunidad para compartir experiencias, reflexionar colectivamente y empezar a trazar caminos hacia la justicia.
El diálogo se guió por tres objetivos. Primero, comprender las realidades vividas por quienes se han visto directamente afectados por las demoliciones. Segundo, cuestionar los relatos presentados por las autoridades gubernamentales, en particular las afirmaciones sobre consultas y reasentamientos planificados. Tercero, explorar posibles respuestas, incluidas las acciones legales, la incidencia y las estrategias comunitarias de resistencia y recuperación.
Los participantes hablaron extensamente sobre los múltiples impactos del desalojo forzoso, en el que se demolieron viviendas sin previo aviso suficiente, dejando a las familias desplazadas y desprotegidas. Muchos volvieron de su trabajo diario y descubrieron que sus casas habían desaparecido junto con sus pertenencias, sus recuerdos, su dignidad y su sensación de seguridad. El desplazamiento ha provocado sufrimiento físico y psicológico. Los participantes denunciaron el empeoramiento de las condiciones de vida, traumas e incluso muertes entre quienes fueron reubicados en entornos inadecuados. Sentían que no se les tenía en cuenta salvo cuando se necesitaban sus votos en las elecciones.
La economía pesquera de Makoko sufrió graves trastornos. Se perdieron aparejos de pesca, embarcaciones, espacios de almacenamiento y el acceso al agua. Los planes de reubicación en zonas del interior como Epe fueron ampliamente rechazados por poco prácticos y perjudiciales para una población que depende del agua. La fuerza de Makoko reside en su tejido comunitario muy unido. Los desalojos rompieron esos lazos, dispersaron a las familias y debilitaron sistemas de apoyo mutuo arraigados desde hace mucho tiempo.
Los participantes analizaron cómo han respondido las distintas estructuras de poder. Los relatos del gobierno presentaron la demolición como renovación urbana y gestión ambiental. Los residentes cuestionaron con firmeza las afirmaciones sobre consultas y reasentamientos planificados, y describieron estos procesos como apresurados, insuficientes o totalmente inexistentes. Relataron intimidaciones, acoso y una aplicación violenta por parte de las fuerzas de seguridad. Los residentes describieron un acatamiento impuesto por el miedo, más que una participación real.
Los participantes expresaron su preocupación de que la demolición responda a intereses económicos, en particular a planes de desarrollo inmobiliario de alto valor, y no a un verdadero bien público.
Las OSC, entre ellas HOMEF y CEE HOPE, fueron reconocidas como algunos de los aliados fundamentales que hasta ahora han alzado la voz con más fuerza, documentado los abusos y ofrecido plataformas para la resistencia.
Aunque la cobertura mediática ha dado visibilidad, los participantes señalaron que los relatos dominantes suelen reflejar las posiciones oficiales, de modo que las voces de la comunidad quedan infrarrepresentadas o distorsionadas. Pese a estas presiones, la comunidad de Makoko sigue respondiendo con capacidad de acción y determinación: protestas, denuncia de los cambios en las reglas del juego y reuniones con el gobierno.
En el camino hacia la resiliencia, los residentes hacen valer sus derechos, cuestionan los relatos injustos y se niegan a ser silenciados.
Se insistió con fuerza en la importancia de la unidad y se advirtió contra las divisiones internas que debilitan la resistencia colectiva. Se pidió una colaboración más estrecha entre ancianos, jóvenes y aliados para garantizar una toma de decisiones informada y una acción colectiva. Además, se identificaron como estrategias clave las acciones legales, la documentación de testimonios y la incidencia en los ámbitos nacional e internacional.

Los participantes señalaron que la demolición plantea graves preocupaciones sobre el derecho a la vida, a la dignidad y a participar en las decisiones que afectan a la propia existencia, y exigieron una indemnización por las vidas perdidas, los medios de vida destruidos y los traumas sufridos.
También cuestionaron la distribución desigual de los recursos y las oportunidades urbanas y pidieron un desarrollo inclusivo. Plantearon la resiliencia no como una resistencia pasiva, sino como una reconstrucción activa.
Los participantes se comprometieron a unirse y apoyarse mutuamente, documentando los daños, reconociendo las pérdidas y buscando justicia por las violaciones pasadas. Para construir el presente, la población ha emprendido un camino para fortalecer los sistemas comunitarios, apoyar la educación y organizarse para la supervivencia colectiva. En el corazón de la resiliencia están la dignidad, el respeto y el apoyo; estos valores deben guiar todas las intervenciones y políticas que afectan a la comunidad.
Conclusión
La demolición de Makoko no es un hecho aislado, sino parte de un patrón más amplio de desplazamiento y marginación urbanos. Lo que surgió de este diálogo es un relato claro y contundente de injusticia, pero también de resiliencia. Los residentes no son víctimas pasivas, sino agentes activos, plenamente conscientes de sus derechos y decididos a defenderlos. Reclaman un enfoque más justo e inclusivo del desarrollo urbano, que anteponga las personas a las ganancias y la dignidad al desplazamiento.
Evocaron una visión del mañana en la que la comunidad de Makoko resurge del polvo y se convierte en un lugar donde las historias de impotencia se transforman en el lienzo sobre el que se teje la esperanza, y donde la vida de las personas mejora en lugar de verse desplazada.

